Imagínate que llegas a tu casa, el auto de tu señora está estacionado fuera, entras a la casa y está todo en silencio, el coche de tu hijo más chico sigue donde mismo de siempre, la alarmar está activa y desactivas, la perra mueve su cola entre tus piernas para que le hagas un poco de cariño.
Ya dentro de la casa, llamas a viva voz a quien quiera que esté dentro y no hay nadie.
Te vas a tu dormitorio y todo está en orden, como también el resto de la casa.
Llamas a tu mujer a su móvil y no responde; tampoco lo hace la nana.
Te sientas en el comedor y miras a tu alrededor y te preguntas: ¿qué está pasando que no hay nadie en casa? ¿dónde andarán?
Vuelves a llamar al teléfono de tu mujer y escuchas el sonido del mismo no muy lejos de donde estás. Encuentras el teléfono, lo miras, aparecen tus llamados perdidos y un mensaje sms, dejas el móvil donde estaba. Te vas de casa.
Te subes a tu auto, y piensas en el sms, maldito sms, que dice: 18.30, mismo lugar, te espero.
El dolor es intenso, te duele desde las muelas hasta las uñas de los pies, comienzas a traspirar, piensas cómo es que llegaron las cosas a este punto, cómo es que pudiste creer ciegamente, te preguntas cómo no te diste cuenta, te martilla el pecho la duda, la maldita duda, te rebanas los sesos juntando elementos y antecedentes y finalmente, sí, finalmente la prueba está ahi, porque te la dejaron para que la encontraras.
Ahora no sabes qué hacer, qué pensar, miras el pasado con los ojos del presente y todo se tiñe, se te nubla la vista, te ahogas, no sabes dónde estás, qué puedes hacer, dónde vas, el aire de la ventana no alcanza para inflarte los pulmones, te tiemblan las manos, quieres vomitar, sí, y vomitas ahí mismo, no lo puedes contener, pierdes el control, gritas, lloras, aúllas, y todo se viene a negro.