Me parece que hay momentos en la vida en que nada se entiende.
Por un lado está la realidad.
Por otro, la imaginación.
Cuando se juntan, el resultado es temible.
Lo interesante de un cruce como este es justamente el efecto que provoca: lo que es la imaginación se transforma en realidad y lo que es realidad pareciera ser parte de lo imaginado.
La sensación es algo similar a leer una novela.
Es entonces en este contexto en el que me he estado decantando los últimos días, y se me han armado dos mundos paralelos, en los que confluyen las dudas y las realidades. Basta con decir, por ejemplo, que la realidad presiona para un lado y luego la imaginación me lleva por derroteros inimaginables, rememorando hechos, situaciones, palabras, conductas, acciones, gestos, que revuelven todo lo que en apariencia sería lo real.
Ya imaginarás el esfuerzo que demanda un ejercicio así para soportar el diario vivir, para no cruzar la verja y confundir la realidad con la imaginación, y es un trabajo durísimo, agotador, que asfixia, y quizás por sobre todo, que martiriza porque a fin de cuentas, al ser un asunto de la realidad e imaginación propias, nadie las podrá entender, siendo natural y obvio que te tilden de loco o lo que sea.
En fin, quizás sea razonable obrar como un amigo que me quiere me dijo que lo hiciera: solo lo que existe es lo que está ante tus ojos, el resto son conjeturas, y si pretendes ver lo que aparente al mismo tiempo que lo real, cada vez será más difícil y tortuosa tu vida, descubrirás sombras a pleno sol, escucharás silencio en la mitad de un concierto, verá negrura en el azul del día, te verás al espejo y no te reconocerás.
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