Una de las cosas que jamás se detiene en la vida es el aprendizaje.
Por más viejo o añoso que seas, más despierto a la vida se está para aprender.
Quizás lo complejo, lo más complejo sin dudarlo, es que como persona añosa descubras que tus compañeros, que hoy empiezan a vivir toda una vida llena de maravillas y desafíos, para ti, vejete, se está acabando, es decir, es la hora del ocaso. Miras con distancia y emoción aquellos pequeños jóvenes y no tan jóvenes que comienzan su recorrido por la vida y te detienes a pensar una y mil cosas, se te confunden en la cabeza lo de hoy con lo de ayer, lo que creías enterrado y olvidado se hace vívido, sientes cómo la sangre fluye por tu cuerpo y te llena de ése vértigo que solo cuando eras jóven sentías ahí, en los huesos, en el aire, en la noche y en el día.
Hoy tengo mi segundo alumno añoso, un hombre del que no puedo siquiera aprenderme su nombre por impronunciable, pero es buen hombre, se esfuerza por llegar a tiempo a pesar de sus muletas, exige con respeto sus privilegios de la 3a edad, en fin, es un personaje como pocos han pasado por mi sala de clases, y me alegra tenerlo, no obstante que en aquellos momentos en que pide permiso para preguntar, tiemblo porque de seguro me preguntará acerca de la inmortalidad del cangrejo y para eso, no tengo explicación.
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