En la vida hay momentos especiales que nos obligan a crecer.
A veces son hechos o acontecimientos dolorosos.
Otras veces, son accidentes.
También hay momentos de decisión, como cuando te cambias de casa, de país, de trabajo, de amigos, de colegio, universidad, de relación, de sexo.
Pero hay momentos en la vida en que debes salir del miedo y enfrentar la realidad, aquella que sabes que ronda por ahí y que sabes que puede modificar dramáticamente el rumbo de las cosas.
Quizás esto fue lo que me paso el otro día, cuanto tuve que vérmelas con 2 personas que para mi han sido grandes marcas en mi vida, y debo ser honesto, no fue fácil, y me siguen dando vuelta en la cabeza las cosas que nos dijimos, cómo lo dijimos, por qué lo dijimos. De hecho, yo pensaba que había cosas que yo había guardado en secreto - pensamientos por ejemplo - y que me he dado cuenta que fueron informados en su momento y sin permiso. Pero bueno, así es la vida, jamás ha sido lineal.
Y en este contexto me miro al espejo y pregunto qué pasó, por qué llegué hasta aquel lugar, desafiando mis límites, a sabiendas que iba por una cosa para terminar en otra.
¿Cambiaron las cosas? ¿Crecí?
Yo creo que sí cambiaron y que sí crecí.
Cambiaron porque de una vez por todas hablé desde la honestidad, y si fuera para hacerlo más gráfico, me parece que la mejor descripción sería que las cosas dejaron de ser viscosas, pesadas, apelmazadas.
Y crecí porque por primera vez en lo que recuerdo fui capaz de enfrentar de tu a tu a estas personas, me atreví a mirarlos a los ojos y por primera vez fijar las reglas del juego, y me dijeron que si.
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