El interlocutor fui yo.
El entorno, la terapia de pareja.
La inquisidora en este caso, la señora Luisa mi señora esposa.
Para aquellos no habituados a sesiones terapéuticas como estas, el ambiente es sumamente controlado, se dicen cosas, muchas cosas, pero no todas con el respeto ni cariños debidos; es una oportunidad en la que no hay mucho ni que decir ni que hacer salvo aceptar golpes, aceptar comentarios, aceptar consejos y tratar de decir lo que buenamente se piensa sin entrar a trastocar sensibilidades.
¿Y por qué se me dijo que estaba incurriendo en este principio?
Porque me atreví a hablar desde el dolor/pena/rabia/impotencia/desilusión y esta mezcla es feroz, y no solo porque es inequívocamente negativa sino también porque habla de los lugares sombríos de uno, de lo que jamás uno querría revelar pero sí es revelado.
Me agoté, estoy agotado, exhausto, quiero llegar a mi casa a comer y dormir, ver a mis niños y basta, no quiero hablar con ella porque cada palabra que dice es la última de una larga despedida.
El principio del doble de todo es al final en anverso y reverso, cara y sello, y suma y sigue, porque lo que dices es lo que no se percibe, lo que piensas es lo que no puede ser, lo que no puede ser es, lo que jamás fue lo está siendo.
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